« Ninguna clase de animales tan interesantes como los filólogos. Ninguna tampoco tan respetable y tan digna de encomio. ¡Si parecen hombres! Hablan, raciocinan y se manifiestan de la misma manera de los hombres. Hasta suelen tener pensamientos y opiniones. Lo que no conocen nunca es la sonrisa. Todo en ellos es serio, mesurado y solemne como en los asnos. En todo lo demás, no se distinguen en nada de los hombres. »
jueves, agosto 04, 2011
Los filólogos, esos curiosos animales
sábado, noviembre 27, 2010
martes, junio 22, 2010
Una última recomendación
sábado, junio 19, 2010
Poema a un guardameta
El poema está dedicado al "guardameta" (¡qué bonita palabra! no como ese prosaico "portero", que parece empleado de finca urbana más que deportista de élite) de un equipo local.
Elegía al guardameta
Tu grillo, por tus labios promotores,
de plata compostura,
árbitro, domador de jugadores,
director de bravura,
¿no silbará la muerte por ventura?
En el alpiste verde de sosiego,
de tiza galonado,
para siempre quedó fuera del juego
sampedro, el apostado
en su puerta de cáñamo añudado.
Goles para enredar en sí, derrotas,
¿no la mundial moscarda?
que zumba por la punta de las botas,
ante su red aguarda
la portería aún, araña parda.
Entre las trabas que tendió la meta
de una esquina a otra esquina
por su sexo el balón, a su bragueta
asomado, se arruina,
su redondez airosamente orina.
Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales
agitaron de córner las señales.
Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones
que los de sus esclavas relaciones.
Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada.
Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria.
Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste,
con tu vida mejor en vilo, en vía
ya de tu muerte triste,
sin coger el balón que ya cogiste.
Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.
Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.
Te arrancaron, cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.
¡Ay fiera!, en tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.
Inflamado en amor por los balones,
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.
Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.
A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.
El marcador, al número al contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,
vacío que dejó tu estilo ausente.
Wilmar Everton Cardaña, número 5 de Peñarol
Cuento de Roberto Fontanarrosa
Yo sé que es difícil imaginar, suponer, adivinar, una personalidad tierna y sensible escondida tras la carnadura hosca y prepotente del capitán de los aurinegros. Yo entiendo que no es sencillo intuir el gesto amable o la frase cordial en un hombre que hizo del encontronazo cruel, la pierna arriba o el gesto acerbo, una marca personal e indeleble a lo largo de su prolongada campaña. A lo sumo, admito, era factible entrever en él la grandeza, el coraje y una hombría de bien reconocida incluso por aquellos que fueron sus víctimas, encarnizados rivales o detractores.
Pero yo lo conocí a Cardaña y creo que fui uno de los pocos privilegiados que pudo compartir su círculo áulico, cimentado en el respeto mutuo y los afectos sobreentendidos. Y fue ese respeto, ese sobreentendido, el que me permitió ser testigo de un hecho, de una anécdota, que echa por tierra el equivocado concepto de considerar a Wilmar Everton Cardaña como un mero cacique huraño, un ríspido patrón de la media cancha, temido y evitado por los rivales. ¡Cuántas veces el insulto hiriente, el epíteto injusto, el cantico soez, cayó desde la gradería rival sobre la humanidad generosa de mi amigo! Sin duda alguna, muchos de aquellos que ayer desgranaron los más pesados e injuriosos improperios contra Wilmar Everton Cardaña se sentirán incómodos o arrepentidos al finalizar de leer esta nota que revela la otra cara del ídolo deportivo. ¡Cuánta nobleza habitaba el pecho inconmensurable de Wilmar! ¡Cuánto valor cívico podía esconderse bajo el glorioso número cinco prendido a la mirasol peñarolense, ya fuera sobre el césped del Estadio Centenario, en cualquier campo de la vecina Buenos Aires, o en la grama misma de tantos y tantos estadios brasileños donde los frágiles y siempre pusilánimes morenos le temían como a una figura mitológica!
No por nada, mi amigo y colega Pablo Aladino Puseya, inolvidable periodista, desaparecido ya, que supo firmar sus columnas en "El Tero Alerta" de Rocha con el ingenioso pseudónimo de "Banderín de Córner", bautizó a Cardaña como "El Hombre". Así, a secas, con mayúsculas, porque supo advertir en Cardaña al luchador indoblegable, al deportista cabal de vergüenza invicta, más allá de la circunstancial controversia sobre un puntapié a destiempo o una fractura expuesta. Tiempo después, algún pícaro modificó el apelativo para extenderlo a "El Hombre de Roble", lo que, en sí, parecía configurar un elogio a la increíble solidez de sus piernas ligeramente chuecas, pero que en verdad escamoteaba la verdadera intención del apodo, que aproximaba a Cardaña a la infame condición de "tronco". Lo avieso de la maniobra lo certifica el hecho de que esta deformación de su apodo fue adaptada velozmente por los seguidores de Nacional. Y no quedó allí la cosa, porque después de aquel desgraciado incidente con Fanego (el veloz punterito de Huracán Buceo que se destrozara una clavícula contra el alambrado olímpico en un cruce fortuito con Cardaña) parte de un periodismo no propiamente imparcial, pasó a llamarlo "El Hombre de Neanderthal". Quisiera que esta anécdota, que puedo contar dado el particular contacto que tuve con el caudillo indiscutible de Peñarol, eche algo de luz sobre la "leyenda negra" que sobre él se derramara desaprensivamente. A mucho tiempo de los hechos, pienso que el mismo Cardaña, refugiado hoy en la paz y el reposo de su hogar en Treinta y Tres, me perdonará que refiera lo ocurrido en circunstancias de aquella histórica final del 54, tema que él, por pudor y humildad, jamás quiso develar. Puede que el relato aporte también nuevas referencias a los amigos tangueros, ya que lo sucedido en torno a esa final inolvidable fue inmortalizado en un tango que, precisamente, lleva por nombre "La número cinco". La anécdota revelara que el título de la pieza se refiere a la casquivana pelota de futbol, y no al número que lucía la camiseta de Wilmar Everton Cardaña sobre sus dorsales, ni al que identificaba (este fue un rumor poco serio y malintencionado) a una damisela aspirante al trono de "Miss Paysandú" y por quien, dicen, suspiraba el inspirado compositor de tangos.
Aquella mañana del 3 de noviembre de 1954 llegué al hotel Olinto Gallo, donde se alojaba habitualmente el plantel de Peñarol, palpitando encontrarme con un clima de nervios y tensión, acorde con la magnitud del gran encontronazo final con el clásico enemigo de todos los tiempos: Nacional. Había una efervescencia formidable en Montevideo y los tamborines de la murga "Los que pelan la chaucha" no habían dejado de atronar el barrio de La Tumba en toda la noche. Sin embargo, me hallé con un grupo de muchachos --jugadores, técnicos y dirigentes-- departiendo mansamente luego del desayuno, al parecer olvidados de la proximidad de la justa. Pero esa primera impresión fue efímera. Algún gesto falso, ciertas torpezas en los movimientos, un par de respuestas destempladas o el rechinar penetrante de algunas dentaduras, denotaban el crispamiento interior, el desgarro insoportable de la espera.
Pregunté por Cardaña y me contestaron que el recio capitán se había retirado a su habitación luego de merendar. Subí a su pieza, con la familiaridad que me confería su actitud amistosa hacia mí, y me invitó a pasar con un gruñido. Wilmar Everton Cardaña era hombre de pocas palabras, muy pocas, como todo hombre criado en el campo, entre vacas y animales poco propensos al diálogo. Creo que hasta ese día --y ya llevábamos más de dos años de amistad--, solo le había contabilizado nueve palabras, monosilábicas en su mayoría. Y vale la pena consignar que más de la mitad de ellas las había gastado en una sola frase, previa a otro partido importante, cuando levantándose imprevistamente de una tertulia, anunció: "Permiso, voy a ir al baño". Era así, directo, franco, hombre de llamar al pan, pan, y al vino, vino, y no podían esperarse del frases grandilocuentes o inflamados discursos. De mas esta decir que era la tortura de los periodistas radiales quienes, mas de una vez, debieron quitarle los auriculares sin haber obtenido de él ni un dato, ni un nombre, ni una fecha. Encontré a un Cardaña taciturno y cariacontecido, cosa que atribuí a la responsabilidad del partido de la tarde. En aquella época no habían proliferado las líneas de ropa deportivas; por lo tanto, en las concentraciones, los players usaban sus propios atuendos a veces de gustos caprichosos o discutibles. Cardaña llevaba puesto un saco marrón, colocado al revés, o sea, con la pechera sobre la espalda, lo que lo hacía parecer sujeto por un chaleco de fuerza.
--Es por el pecho-- me dijo, señalándose el cuello. Yo sabía que sufría de severas anginas de pecho. El cigarrillo --aquellos cigarritos negros "Barbudas", de la época, que solía lucir detrás de la oreja durante los partidos-- le había instalado una tos seca en el pulmón derecho y una tos convulsa en el izquierdo. Parecía mentira que un hombre que fumaba como él, casi siete etiquetas por día, pudiese tener ese despliegue incesante y depredador en el campo de juego. ¡Cuántos jugadores de hoy en día, con los tan mentados y publicitados sistemas de entrenamiento, dietas especiales y cuidados dignos de una odalisca quisieran poseer aquella inagotable capacidad física que acreditaba Cardaña, aun considerando sus excesos y descuidos! ¡Cuántos de los señoritos de hoy en día, atentos siempre a sus peinados y manicuras, se hubieran atrevido a mostrarse a la prensa en saco de calle vuelto del revés, camiseta musculosa debajo y pantalón pijama, sin temor a ser el hazmerreir o al escarnio!
En la misma habitación de Cardaña estaba Nelson Amadeus Farragudo, aquel implacable marcador de punta, el del gol agónico al Wanderers en el 49, de sombrero de fieltro sobre los ojos, tomando mate. Le decían "El Buitre" Farragudo, no solo por la nauseabunda peladura de su cuello, sino porque, cual la conocida ave carroñera, era quien caía sobre los restos de las victimas de Cardaña, cuando este recibía a los delanteros rivales por el medio de la cancha. Por la mustia actitud de Farragudo --mitigaba el sonido del mate cubriéndose la cabeza con una toalla-- comprendí que algo no andaba bien en mi amigo, su compañero de pieza, el legendario centrehalf peñarolense.
Por si no lo he dicho, Wilson Everton Cardaña tenía una cara de rasgos grandes, muy marcados. Las cejas, negras y pobladas, se juntaban sobre el puente de la nariz. Los ojos, sin ser bellos, eran saltones y parecían querer fugarse por debajo de unos parpados gruesos, de piel porosa como la de los citrus. La nariz era prominente, larga, carnosa, de aletas amplias. La boca se abultaba bajo el bigote generoso y se alargaba hacia los costados, pareciendo que las comisuras profundas podían alcanzar los peludos lóbulos de las orejas, también enormes. Entre estos lóbulos y la boca, sin embargo, se interponían dos hondonadas como tajos, arrancando desde los pómulos protuberantes para bajar y delimitar con claridad el mentón avanzado y desafiante. Daba la impresión de que uno podía tomar esa porción inferior de la cara, por aquellos surcos que partían de las mejillas, y quitarla de allí, como si fuese un aditamento plástico removible. Había en ese rostro algo perturbador y obsceno pero, al mismo tiempo, sobrecogedor. Era como contemplar un fiordo inmemorial, un precipicio de roca desnuda, el magma primigenio. Era asomarse al inicio de la naturaleza. Y ese rostro, aquel día, estaba transfigurado.
Consciente Cardaña de que yo había percibido ese clima extraño y dislocado, fue hasta una cómoda y saco algo de uno de los cajones. Pronto se me acerco con la facilidad que le daba nuestra confianza mutua, y me extendió una hoja de papel azul.
--Es una carta-- me aclaro.
Leí la carta y, en ella, con una letra despareja, salpicada de errores ortográficos, decía: "Soy casi un niño y, desde hace mucho tiempo, me hallo encerrado en una oscura sala del Hospital Muñoz. Padezco de un mal reversible y, por eso mismo, no estaré el domingo en el estadio para alentar al glorioso Peñarol. Si no es mucho pedir, me haría muy feliz tener en mis manos la pelota con que se juegue el encuentro, firmada por todo el plantel mirasol. Si es necesario pagar, adjúnteme la factura, que oblaré gustoso con dinero que he ahorrado privándome de la medicación. Suyo, José Petunio Invenianto, cama 747."
Confieso que terminé de leer aquella carta con los ojos nublados por el llanto. ¿Cuántos purretes de hoy en día, deslumbrados por el artificio de la tecnología y la banalidad de la computación, serían capaces de solicitar a su ídolo deportivo el humilde y significativo obsequio de una pelota? ¿Cuántos niños de la actualidad, engañados por la urgencia de una sociedad que no sabe de la pausa para la charla amable o la reflexión, tendrían la delicada paciencia de solicitar la pelota para "después" del partido y no para "antes" del mismo, con todos los inconvenientes que esa voracidad podría provocar en la popular justa? Pero mi sorpresa fue inmensa y total cuando alcé los ojos. Allí, delante mío, Wilson Everton Cardaña, "El Hombre", "El Capitán Invicto", "El Hacha" Cardaña estaba llorando. Aquel que hiciera callar de un solo chistido a 150.000 brasileños aterrados en el estadio Pacaembu, cuando la final de la Copa Roca! Aquel que se bajo los pantaloncitos y el calzoncillo punzo para mostrar sus testículos velludos, uruguayos y celestes a la Reina Isabel en el mismísimo estadio de Wembley! Aquel que ya a los ocho años quebrara en tres partes el tabique nasal a su profesora de música en la escuelita sanducense... estaba llorando! Esta cartita escrita sobre el burdo papel azul por aquel botija preso en la fría sala del Hospital Muñoz había hecho el milagro de ablandar el corazón, en apariencia fiero, del granítico centrehalf de Peñarol y la selección uruguaya.
No abundaré en detalles ni cederé a la tentación periodística de recordar los avatares de aquel partido memorable que terminó con el resultado por todos conocido. Callé la historia por mí presenciada en la habitación de Cardaña, por pudor y por prudencia, consciente de que no saldría de mis labios ese relato, como así tampoco de los del "Buitre" Farragudo, austero en su vocabulario como en su manejo del balón.
El lunes, al día siguiente del encuentro, acudí al Hospital Marcelo Muñoz, a ser testigo del final de la historia. Esperaba hallar allí tan solo a Cardaña pero ¡cuán grande sería mi sorpresa al ver a las puertas de nosocomio el plantel integro de Peñarol, algunos aun con la camiseta puesta bajo el saco, deseosos de cumplir con el pedido postal! Y lo increíble, lo conmovedor, es que no se habían reunido allí por un acuerdo previo o concertado. Uno a uno, por su propia cuenta, con la misma coordinación que ponían en el campo de juego para implementar la ley del off-side o presionar a un juez de línea, habían llegado hasta el Muñoz para acompañar al capitán en la entrega del preciado regalo! ¿Cuántos planteles de la actualidad, ahítos de dinero y fama fácil, serian capaces de repetir aquella escena, aquella convocatoria, llevada a cabo por hombres simples y cabales, deportista que no conocían los devaneos en torno a contratos fabulosos ni los desplantes exigentes por unas cuantas monedas de oro, antes de comenzar algún encuentro?
Y entonces fue el sinceramiento. Ante esa presencia masiva y espontánea, frente a tanta humanidad enternecida, Wilson Everton Cardaña no aguantó más y lloró como una criatura. Lo seguí yo y luego el plantel. Lloramos abrazados sin avergonzarnos de los facultativos que nos miraban con cierta curiosidad o de los transeúntes que acertaban a pasar por el lugar. Algún periodista, mal periodista, arriesgó luego la mezquina versión que el plantel de Peñarol lloraba aun el lunes la ignominia de la abultada derrota, soslayando el hecho irrefutable de que se trataba tan solo de un acto de amor y desprendimiento. ¡Cuántos periodistas de hoy en día, mercenarios que ponen su pluma al servicio de quien más paga, habrían hecho exactamente lo mismo que aquel sicario de la prensa amarilla!
Desahogados en parte, pero aun trémulos por lo tocante de la escena, pudimos seguir rumbo a la sala 2, media hora más tarde. Adelante, Cardaña, con la número cinco entre sus manos enormes. Atrás, yo y el plantel, encolumnados en un remedo de la tantas veces repetida entrada a la cancha.
Y quiero ser cauteloso al narrar lo que sucedió después, ya que tuvo ciertos rasgos sorpresivos e inesperados. Como así también advertir al lector que mi fidelidad al relato me obliga al uso de palabras que no son de mi predilección, a pesar de ser moneda corriente en la vía pública.
Fue casi simultáneo entrar en la sala 2 e individualizar al pequeño que había solicitado el obsequio. Tendría doce, trece años y, cubierto por un camisón blanco de tela basta, se hallaba de pie sobre su cama, expectante, mirando hacia la puerta como si nos hubiese adivinado. Tal vez el revuelo de enfermeras y doctores lo alertó, quizás la intuición infantil, o tal vez el hecho de que, nosotros, nos acercábamos cruzando los largos y umbrosos pasillos cantando la Marcha del Deporte. Pareció no dar crédito a lo que veían sus ojos, las pupilas se le empañaron y comenzó a temblar como atacado por la fiebre. Impresionado, Cardaña se acercó a él y le entregó la pelota firmada por todos. El pibe la miró, nos miró a nosotros, volvió a mirar la pelota, nos volvió a mirar a nosotros y finalmente gritó:
--Hijos de puta! ¿Cómo pueden perder con eso chotos de Nacional?
Confieso que nos quedamos estupefactos, helados por lo sorpresivo de la agresión.
--¿Cómo carajo puede ser que esos putos nos hagan cuatro goles?-- siguió gritando el imberbe, ya absolutamente desaforado, roja la cara, las venas del cuello tensas, como a punto de estallar--. ¡Hijos de mil putas! Troncos de mierda! Métanse la pelota en el culo!
Y, acto seguido, arrojó el balón al rostro de Cardaña, estrellándolo contra su nariz. Vi palidecer al capitán y temí lo peor.
--Vendidos!-- seguía, para colmo, el botija-- Se vendieron como unos miserables! ¿Cuánta guita les pusieron para ir para atrás, guachos de mierda?
Vi a Cardaña dar un paso hacia el muchacho y supe que no podría contenerlo.
--Cagones!--vocifero el chico, empinándose hasta caer, casi, de la cama--. Maricones! Vayan a trabajar, ladrones!
Advertí, en el último instante, el brillo asesino de tigre en los ojos de Cardaña, el mismo que había apreciado tantas veces en las inmediaciones del área, y supe que atacaba. Se lanzó con los dos pies hacia adelante en la temida "patada voladora" y alcanzó al muchacho en pleno tórax, de la misma forma que puso fin a la carrera de Alberto Ignacio Murinigo, el prometedor número nueve del River Plate. Cayeron los dos del otro lado de la cama y, sobre ellos, se abalanzó una docena de enfermeros que se habían acercado atraídos por los gritos del botija.
Salimos destrozados del Muñoz. Los muchachos de Peñarol, heridos hasta lo más recóndito por la injusticia de los agravios recibidos. Yo, por lo estremecedor de la escena presenciada.
Al día siguiente, un médico de guardia me informó que el chico tenía cuatro costillas fisuradas, lo que obligaría a prolongar su internación seis meses más. También me dijo que el botija padecía de una calvicie irreversible, y que había solicitado permanecer internado a los efectos de no concurrir a una escuela técnica que detestaba. Que era un buen chico, en verdad muy hincha de Peñarol y que, meses atrás, se había hecho regalar un planeador firmado por un diestro del volovelismo que había batido un record sudamericano.
Muy pocos conocen esta anécdota, ya que una conjura de silencio se cernió en torno a ella. Yo me abrigué en el secreto profesional para no revelarla. El plantel de Peñarol calló el suceso por un natural prurito del deportista derrotado y en cuanto al agresivo muchacho, tengo información de que aun sigue en el mismo hospital, aunque ahora con el cargo de "jefe de enfermeras". Wilmar Everton Cardaña siguió jugando, desparramando coraje y sangre charrúa en cuanto campo de juego le toco en suerte asolar. Siguió acrecentando su fama de guapeza y virilidad sin límites. Siguió mostrando, en suma, una sola de sus dos caras o facetas: la del enérgico, pétreo y filoso centrehalf de los de aquellos tiempos.
Apenas un puñado de sus mas íntimos guarda, como un tesoro, el secreto de aquellas lagrimas que supo derramar ante el conmovedor y sencillo pedido de un niño.
miércoles, agosto 26, 2009
El cumpleaños de Cortázar
La coma, esa puerta giratoria del pensamiento
'Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda'.
Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer. Si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene.
En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.
martes, agosto 25, 2009
Federico Mayor Zaragoza y Marina Rossell clausuran hoy el ciclo "Poesía en el Laurel"

Federico Mayor Zaragoza viene hoy a traernos una de sus facetas quizá menos conocidas pero no por ello menos interesantes: la de poeta.
En el apartado musical estará la dulce voz y deliciosa presencia de Marina Rossell gran cantante y persona.
martes, agosto 18, 2009
Luisa Futoransky en La Zubia
Luisa Futoransky y la Orquesta de Plectro “Villa de La Zubia” protagonistas de la tercera actuación de Poesía en el Laurel
El tercer martes de Poesía en el Laurel volvió a ser una muestra de la calidad que nos ofrece este certamen, afianzándose como una de las propuestas culturales más atractivas del mes de agosto.
La voz de Luisa Futoransky y las melodías de la Orquesta de Plectro “Villa de La Zubia” invadieron los jardines del Convento de San Luis El Real en un recital que dejo más que satisfechas a las más de 500 personas que allí se dieron cita.
La poesía de la argentina fue la encargada de abrir la noche, con voz potente y marcado acento, recitó muchos de sus comprometidos poemas, compartiendo además a los asistentes algunos de sus textos inéditos y como broche final cerrando con un poema dedicado a París, lugar en el que reside desde hace más de 25 años. Futoransky fue capaz de crear un vínculo con sus espectadores, de alternar la muestra de su obra con anécdotas que permitían conocer mejor a la poeta protagonista de la tercera actuación de Poesía en el Laurel.
Y así, los poemas dieron paso a la música. Era una actuación esperada, la de la Orquesta de Plectro “Villa de La Zubia”, perfectamente capitaneada por su director Sixto Moreno. Los clásicos sonaban a las mil maravillas en los variados instrumentos de plectro de los músicos, y tras casi una hora de actuación, que a muchos supo a poco, cerraron la muestra con un vals.
[De: http://www.ayuntamientolazubia.com 19/08/2009]
martes, agosto 11, 2009
Nuevo martes mágico
* Sobre Concha García puede verse también un interesante blog monográfico: http://sobreconchagarcia.blogspot.com/
** Sobre Virginia Lucas http://seriealfa.com/alfa/alfa30/VirginiaLucas.htm
A continuación reproduzco el texto que la web del Ayuntamiento de La Zubia publicó el miércoles 12 de agosto sobre este evento:
El recital de poemas de Concha García y Virginia Lucas y la música de Víctor Mariñas, segunda actuación de ‘Poesía en el Laurel’
Un martes más poesía y música inundaron los jardines del Convento de San Luis con las poetas Concha García y Virginia Lucas y el músico Víctor Mariñas como artífices de la maravillosa velada de la que pudieron disfrutar las numerosas personas que allí se dieron cita.
Abrieron la noche en un mano a mano la poeta cordobesa Concha García y la uruguaya Virginia Lucas en un ir y venir de versos, dos voces diferentes pero mágicas y con estilo propio. Un recital que estuvo a la altura de su obra poética, la de Concha García es considerada una de las más importantes aparecidas en los últimos años en el ámbito de la literatura peninsular, por su parte Virginia Lucas, que además de poeta, es ensayista y profesora de literatura, cuenta con unas creaciones que trabaja desde el conflicto de las palabras y el erotismo con las mujeres.
La noche continuó con los sonidos de Víctor Mariñas, que acompañado de sus músicos, presento una emotiva selección de las canciones que componen sus dos trabajos. Conocedor de la obra del escritor y poeta Antonio Gala, al que ya acompañó hace tres años en este mismo evento, Mariñas ha puesto música a varios poemas del autor, concretamente algunos Sonetos de La Zubia y la comedia Los Bellos Durmientes, canciones que no dudó en compartir con los asistentes mostrando su particular cariño por ellas.
Tras más de dos horas de recital, el acto llegó a su fin con la entrega a los artistas de la estatua del laurel, obra de Eligio Otero, la encargada fue la Concejala de Cultura, María Dolores Martín, quien también entregó el obsequio a Iván Izquierdo, el pintor autor de la obra que ilustra en el programa la actuación de esa noche.
lunes, agosto 10, 2009
Recordando a Cortázar
Quizás pueda parecer que un video de Cortázar en un sitio como éste no tenga mucho sentido, pero lo tiene. Porque, para mí, recordar a Cortázar es recordar mi último año en el instituto, allá por 1984 en el nocturno del Celia Viñas. Y, claro, el recuerdo es compartido con Ana. No sé por qué tengo un recuerdo en una imagen algo borrosa: ambas vamos caminando por la calle donde estaba la papelería Picasso, hablando de Rayuela. Probablemente en primavera, porque esa es la sensación que tengo: una tarde primaveral.
No sé si la tarde existió o simplemente es producto de una loca imaginación. A estas alturas, da igual.
Ahora surgió el tema de Cortázar porque estoy preparando en clase un especial con los alumnos, por el cumpleaños que debiera ser el 95 del autor argentino (nació un 26 de agosto de 1914) y volví a recordar aquella tarde.
miércoles, agosto 05, 2009
Paco Ibáñez y Tachia Quintanar brillan con luz propia en La Zubia
Los acordes de su guitarra inundaron todas las dependencias del Convento San Luis el Real de La Zubia con solo pisar el rojo escenario. Los amantes de la música y la poesía han tenido que esperar casi un año para volver a disfrutar de uno de los certámenes más importantes de la época estival.Pero agosto llega y con él Poesía en el Laurel, y este año regresa a lo grande, con las actuaciones del cantante Paco Ibáñez y la poetisa Tachia Quintanar.Con una fuerza inesperada, Tachia se hace con el rojo escenario y se mete al público en el bolsillo. Con un repertorio protagonizado por Machado, Federico García Lorca y el poeta cubano Nicolás Guillén, del que rescató “El canto para matar a una culebra”, un poema lleno de ritmo y musicalidad que en seguida arrancó la sonrisa de los espectadores, sorprendidos de la vitalidad de un espíritu joven encerrado en una fachada de cabellera blanca.
Ibáñez no hizo esperar a un público hambriento de cultura y su característica voz pronto estremeció a los asistentes. Y es que se trata de uno de los cantantes españoles que ha visto crecer a más generaciones de fans, que ha sabido otorgar la fuerza de la música a la palabra escrita, haciéndole perder el sentido para convertirse en musicalidad. La guitarra de Paco Ibáñez ha tocado por la libertad por los escenario de todo el mundo,con poemas de Lorca, Alberti y otros autores. Anoche su ronca voz arrancó con Jorge Manrique, Luis de Góngora o Quevedo, de cuyo repertorio eligió “Qué amarga es la verdad”. San Juan de la Cruz fue otro de los presentes, con su poema “El pastorcico”, y no podían faltar sus incondicionales Federico García Lorca, del que eligió “Si tú vienes a la romería” y “La canción del Jinete”, y Rafael Alberti, con “Poema del exilio”, que el propio artista definió como un Guernika en verso. Los más de 600 espectadores se emocionaron con “Voy a escribir los versos más tristes de esta noche”. “Las palabras para Julia” fueron los versos elegidos para cerrar la audición, aunque el público no estaba dispuesto a abandonar sus asientos sin escuchar “A galopar”, una de las canciones más emblemáticas del cantante valenciano, que corearon todos los presentes al ritmo de una única guitarra.
El punto y final de esta primera noche de “Poesía en el Laurel” lo puso Mercedes Díaz, alcaldesa de La Zubia, que hizo entrega de la escultura conmemorativa del certamen, que representa el mirador del Laurel, donde históricamente se asomó la Reina Isabel la Católica, situado en este mismo convento que hoy se convierte en escenario de los mejores artistas.
lunes, julio 20, 2009
El viento de la luna
Hoy se habla por todas partes del 40 aniversario del alunizaje del Apolo XI, por lo tanto yo no voy a hablaros de Armstrong, Collins y Aldrin, ni de ninguna de las anécdotas de su viaje, ni de la trascendencia o no de éste. Prefiero aprovechar la ocasión para recomendaros un libro que ya tiene varios años pero que me parece muy oportuna: "El viento de la luna" de Antonio Muñoz Molina."El viento de la luna", novela de iniciación, está protagonizada por un adolescente que, fascinado por estos acontecimientos, asiste al nacimiento de una nueva época. En 1969, cuando Neil Armstrong está a punto de convertirse en el primer hombre en pisar la Luna, la vida en la ciudad de Mágina transcurre con la regularidad con que las cosas han sucedido siempre, en el tiempo en apariencia detenido de una larga dictadura.
Os recomiendo la reseña publicada en Letras libres, aquí.
jueves, julio 16, 2009
Más sobre la luna... Relatos fantásticos
Imagínense, un viaje contado en primera persona, un viaje que se hace simplemente por el afán de conocer y ver cosas nuevas. El punto de partida, las mismas columnas de Heracles. El barco, una nave ligera. Y en el barco cincuenta y un hombres con deseos de saber cuál es el final del Océano y qué gente habita más allá. Este es el inicio del viaje que Luciano nos va a contar bajo el nombre de Relatos verídicos.
De pronto, el mar que se había mantenido sereno, se encrespa, crece el oleaje y todo oscurece. Durante setenta y nueve días (ojo con la precisión temporal) viven en medio de la tormenta. En el día ochenta, el sol sale de nuevo y el mar se calma. Se encuentran ante una isla en la que desembarcan, en ella hay un río que en lugar de agua, lleva vino, y los peces que en ese líquido beben en lugar de saciar el hambre, emborrachan. Los campos están plagados de vides-mujeres, cuyos cuerpos, como el de Dafne en las representaciones en las que aparece convirtiéndose en laurel, eran mitad vegetales, mitad humanos. Sus besos enloquecían a los hombres. Así pues, huyen de la isla y vuelven al mar.
Y si antes se salvaron de la tempestad, ahora será un tifón el que arrastre a la ligera nave, lanzándola por los aires, y durante siete días los mantuvo así, hasta que al octavo (de nuevo, fíjense en la precisión del tiempo), ven una isla brillante y esférica, de la que se desprendía una gran luz. Allí desembarcan. Al explorarla, descubren que estaba poblada. Y ven, allá abajo, una tierra en la que se distinguía bosques, ríos, mares, montañas. Concluyeron que aquella otra tierra que veían abajo era la que ellos habitaban.
¿Qué es entonces esa otra tierra a la que han llegado? Si alguno ha pensado en la Luna, ha acertado. Porque es a la luna donde han llegado. No piensen que en la luna todo es felicidad. También aquí hay guerras y rencillas entre los pueblos que la habitan: los Hippógypoi (los jinetes de buitres) capitoneados por el mitológico Endimión (amante de Selene); los Hipomýrmekes o jinetes de hormigas, dirigidos por Faetonte. Sus aliados son entre otros (pongo directamente los nombres según la traducción de Carlos García Gual para Alianza Editorial) los aeromosquitos, los tallisetas, los perribellotas, los nubicentauros… Todos en lucha por el dominio sobre el Lucero del Alba, en una parodia magnífica de las batallas de los grandes poemas épicos. Finalmente, se firma la paz, con condiciones, entre ellas, que todos compartirán la colonia del Lucero del Alba y vivirán en paz y armonía.
Y una vez que la guerra ha terminado, Luciano nos cuenta qué vio en la Luna: las mujeres no son las que paren a los hijos, sino los hombres. Los matrimonios son entre varones, y a los hijos engendrados no los llevan en la barriga hasta el parto, sino en la pantorrilla (como Zeus llevó en el muslo el feto de Dioniso).
Existe en la luna, además, una especie de hombres llamada ‘arbóreos’, porque nacen de un árbol semejante al alcornoque, después de haber plantado una rebanada del testículo derecho del ‘padre’. Estos hombres que nacen dentro de una especie de bellota, tienen órganos sexuales de madera o de marfil.
Los individuos no mueren, cuando les llega el momento, se convierten en humo y se mezclan con el aire. Comen ranas. Consideran guapos a los que en Grecia en el siglo II consideraban feos (los calvos y pelones eran los más atractivos para los selenitas); los que llevan barbas, las llevan en las rodillas; sudan leche; son marsupiales (y los griegos no conocían a los canguros, pero donde falta el conocimiento, sobra la imaginación); sus ropas son de vidrio, sus ojos desmontables; hay una maravilla en el palacio real: un espejo en la boca de un pozo, si se desciende al pozo se oye todo lo que se dice en la tierra, si se mira al espejo, se ven todas las ciudades y todos los pueblos como si estuvieran ahí mismo (¿vio Luciano un aparato de televisión selenita?).
Cuando, por fin, abandonan la Luna, tienen oportunidad de navegar aun por algún que otro satélite, hasta llegar de nuevo al mar. Donde todos se regocijan, pero por poco tiempo, porque enseguida serán tragados por una enorme ballena. En el interior de la ballena se encontrarán con cosas tan extraordinarias como las vividas hasta el momento: una isla con un huerto, y un templete, bosques, fuentes de agua y hasta habitantes, dos humanos y algún que otro bicho de mal carácter.
(...)
Mentira tras mentira, pero sin ocultar que lo son, porque Luciano nos ha dicho, desde el principio, que al igual que otros cuando cuentan sus viajes, inventan cosas y no lo dicen, él va a inventar cosas y lo advierte, todo es mentira: “Escribo, por tanto, de lo que ni vi ni comprobé ni supe por otros, y es más, acerca de lo que no existe en absoluto ni tiene fundamento para existir. Con que los que me lean no deben creerme de ningún modo.” Sin embargo, llama a su obra, la más mentirosa de todas, Relatos Verídicos, ironía y mentiras, siempre, desde el principio al fin.
Es toda una declaración de principios: ‘la única verdad es que les miento’, viene a decir Luciano. Lo impresionante es la modernidad que presentan estas mentiras que fueron escritas, no lo olvidemos, por un griego que vivió en el siglo II d.C.
Mentiras que nos hacen reír y nos asombran, a pesar de haber sido escritas hace 19 siglos. Y han hecho reír a personas a lo largo de toda la historia, y han dejado su huella en escritores como Erasmo, Rabelais, Maquiavelo, Cervantes, Quevedo, los hermanos Valdés, Cyrano de Bergerac, Voltaire y hasta Verne.
(Extracto del artículo aparecido en www.leergratis.com)
jueves, junio 18, 2009
miércoles, junio 17, 2009
"Por la lectura" José Luis Sampedro
Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.
Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?
Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.
lunes, mayo 18, 2009
Hagamos un trato
DEFENSA DE LA ALEGRÍA
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias
defender la alegía como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y de la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.
DESDE EL ALMA
(Vals )
Hermano cuerpo estás cansado
desde el cerebro a la misericordia
del paladar al valle del deseo
cuando me dices/ alma ayúdame
siento que me conmuevo hasta el agobio
que el mismísimo aire es vulnerable
hermano cuerpo has trabajado
a músculo y a estómago y a nervios
a riñones y a bronquios y a diafragma
cuando me dices/ alma ayúdame
sé que estás condenado/ eres materia
y la materia tiende a desfibrarse
hermano cuerpo te conozco
fui huésped y anfitrión de tus dolores
modesta rampa de tu sexo ávido
cuando me pides/ alma ayúdame
siento que el frío me envilece
que se me van la magia y la dulzura
hermano cuerpo eres fugaz
coyuntural efímero instantáneo
tras un jadeo acabarás inmóvil
y yo que normalmente soy la vida
me quedaré abrazada a tus huesitos
incapaz de ser alma sin tus vísceras
sábado, febrero 14, 2009
Completamente viernes
Por detergentes y lavavajillas,
por libros ordenados y escobas en el suelo,
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas ni bolígrafos,
por los sillones sin periódicos,
quien se acerque a mi casa
puede encontrar un día
completamente viernes.
Como yo me lo encuentro
cuando salgo a la calle
y está la catedral
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se hace botella de ginebra,
embutidos y postre,
abanico de luz en el quiosco
de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente
en la inquietud de todo lo que toca,
en el mando a distancia de la música,
en el papel de la revista,
en el hielo deshecho
igual que se deshace una mañana
completamente viernes.
Cuando se abre la puerta de la calle,
la nevera adivina lo que supo mi cuerpo
y sugiere otros títulos para este poema:
completamente tú,
mañana de regreso, el buen amor,
la buena compañía.
[Para escucharlo en la voz del poeta pulsar aquí.]
jueves, noviembre 13, 2008
Apoyo al profesor Luis García Montero
El manifiesto junto a la lista completa de firmantes se puede leer en el blog :
http://apoyoaluisgarciamontero.blogspot.com/
o en la web del Festival Internacional de Poesía Ciudad de Granada.
Luis García Montero dijo que la Universidad de Granada tenía un problema, el de ese profesor disparatado que somete a sus alumnos a un adoctrinamiento insensato. Ahora, la Universidad de Granada tiene dos problemas: ese presunto profesor cuenta con un incomprensible refrendo judicial para seguir propalando sus felonías, mientras la Universidad pierde a uno de sus mejores profesores. Enhorabuena.
Todos nosotros, profesores, alumnos y ciudadanos, nos sentimos condenados por esa misma sentencia y queremos hacer público nuestro refrendo a la fecunda trayectoria del catedrático Luis García Montero, al valor de su magisterio y a su contrastada defensa de la dignidad de las personas y las instituciones libres. Perdemos a alguien muy valioso y nos quedamos con lo que hay. Y no sabemos callarnos.
Si suscribes este manifiesto y quieres firmarlo envía un correo con tu nombre y DNI a:
Firman el manifiesto:
Juan Marsé (Escritor)
Joaquín Sabina (Cantante)
Juan Gelman (Poeta)
Ernesto Cardenal (Poeta)
Francisco Brines (Poeta)
Miguel Ríos (Cantante)
Ana Belén y Víctor Manuel (Músicos)
Antonio Muñoz Molina (Escritor)
Alfredo Bryce Echenique (Escritor)... entre otros.
viernes, octubre 10, 2008
Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada 2008
Soplos en la noche
Aquí contra mi piel el soplo
de tu respiración dormida
Y al otro lado afuera
El susurro del viento errante por la noche
Que trae de los trasfondos la efusión solitaria
Del tumulto callado de las cosas
Y entre uno y otro soplo
Con las alas abiertas cayendo por el tiempo
La extensión del abrazo
de un dichoso yo mismo de musical ausencia
Que bebe un hondo río de amor y de misterio
Cuyas dos manos son
Dos alientos disímiles.
Y en víspera de nuestra Fiesta Nacional no viene nada mal enarbolar esta "Bandera":
Mi tienda siempre fuera de los muros. Mi lengua aprendida siempre en otro sitio. Mi bandera perpetuamente blanca. Mi nostalgia vasta y caprichosa. Mi amor ingenuo y mi fidelidad irónica. Mis manos graves y en ellas un incesante rumor de pensamientos. Mi porvenir sin nombre. Mi memoria deslumbrada en el amor incurable del olvido. Lastrada en el desierto mi palabra. Y siempre desnudo el rostro donde sopla el tiempo.
“Partición 1976-82”
Pre-textos, Poesía valenciana 1983.
[Podéis ver videos con poemas de este autor en la Biblioteca Virtual Cervantes pulsando en este enlace]
miércoles, agosto 13, 2008
José Carr y Carmen París
Desde este "blog", en el que escribimos personas desde distintas orillas, nos sentimos identificadas con esta propuesta de Carmen París y con lo que esta noche se ha sentido y expresado en el jardín del Convento de San Luis el Real.
