Veo sus ramas completamente cubiertas con sus grandes hojas de un verde intenso recortarse sobre los dorados y violáceos atardeceres del otoño.
Veo su orgullo al elevar en primavera hacia el límpido azul del cielo sus magníficas flores cual blancas palomas posadas blandamente sobre sus ramas.
En verano, cuando de repente estalla alguna tormenta estival y unas gotas empiezan a caer sobre la tierra ardiente y sedienta, veo a los pajarillos revolotear inquietos entorno a él, refugiarse en sus ramas, y volver a alzar su excitado vuelo poco después.
Dudo que mi vecino pueda disfrutar la magnífica estampa de este árbol, precisamente porque se encuentra muy cerca de su casa.
Las raíces del magnolio se hunden en la tierra propiedad de mi vecino, pero ¿acaso no es mía la imagen que sólo yo contemplo?
Ana Manzanares R. (Granada)

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